Por Presbitero Marcelo Barrionuevo
“Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”.
Los cristianos nos reunimos como cada semana para celebrar la fe. Esta celebración nos ayuda a poder ser fieles al seguimiento de Jesús. Hoy nos vamos a encontrar con un mensaje que tal vez sacuda nuestras conciencias.
Las lecturas denuncian que el amor al dinero y a las riquezas conduce a cometer graves injusticias. El dinero nunca ha de ser el valor principal ni el bien absoluto. Más aún, Dios y el dinero son radicalmente incompatibles, no los podemos colocar a la misma altura.
Ante tantas situaciones de conflictos como se nos presentan en nuestra vida diaria, tanto a nivel humano, familiar y laboral, el Señor hoy se nos hace presente para avisarnos de cómo hemos de usar los bienes naturales que son realidades buenas salidas de sus manos.
Pero la codicia humana y el afán de lucro, la falta de escrúpulo de unas personas hacia otras, los pueden hacer instrumentos de injusticias.
Las noticias que nos llegan diariamente son las subidas exageradas de los precios en productos de primera necesidad. Vemos cómo los precios cambian y suben de forma desmedida cuando pasan de mano en mano, aumenta la especulación y todos de alguna manera somos víctimas de la inflación que se siente en todo bolsillo. Esto influye en nuestro diario vivir.
El tema es pensar que frente a la crisis todo medio para buscar dinero vale, sea lícito o no. La consecuencia de este razonamiento es que terminamos en la ley de la jungla.
El mensaje de Jesús obliga a un replanteamiento total de la vida. Quien escucha sinceramente el evangelio intuye que se le invita a comprender, de una manera radicalmente nueva, el sentido último de todo y la orientación decisiva de toda su conducta.
Se entiende bien el pensamiento de Jesús. Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres y vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés.
La clave evangélica está en el concepto de ser Buen Administrador de la vida y de los bienes. Administración que implica responsabilidad, justicia, distribución, conciencia de la relatividad de las cosas; implica hacer y buscar los medios superiores por sobre la única realidad tangible del dinero. “No se puede servir a dos señores... no podéis servir a Dios y al dinero”.
Con frecuencia en nuestro manejo del dinero, de los recursos naturales, “nos servimos de Dios y servimos al dinero”. Lo correcto sería lo contrario: “Servir a Dios sirviéndonos del dinero”. El que es hábil (sagaz) para crear riqueza lo ha de realizar para servir al ser humano. No servirse del ser humano para acrecentar sus riquezas. ¿No será esta la causa de tanta injusticia como se da en nuestro mundo actual?